Desde la Avenida de Tolosa

¡Ay, de los vencedores!

Por Adolfo Roldán - Domingo, 19 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:10h.

He llegado a la conclusión de que tan difícil es vencer, como perder. No ha sido fácil andar ese camino discursivo, porque cualquier clase magistral que se preciara concluía siempre con un ¡Vae, victis!. Era incuestionable el ¡Ay, de lo vencidos! en las confrontaciones bélicas. ¡Ay, de los vencidos! en la política. ¡Ay, de los vencidos! en los campeonatos, sorteos o concursos. El vencedor era depositario de la gloria, del laurel, de los trofeos, incluso de las txapelas. Le estaba permitido pavonearse como un dios, levantar los brazos con la V de victoria, ensoberbecerse. El vencido por el contrario era menospreciado, ignorado o en el peor de los casos pasado a cuchillo. El nombre del ganador era esculpido en oro y el del vencido, lapidado. Los ganadores escribían la historia y los críticos la aplaudían sin discusión, aunque su contenido fuese un dislate de principio a fin. A mí no me han gustado nunca los vencedores, ni los prepotentes;menos todavía los infalibles, o los que están en posesión de la verdad. Con el tiempo he llegado a la conclusión de que es difícil ser un vencedor, al menos un vencedor honorable. De esos que respetan a sus rivales, que saben ponderar sus rectificaciones, que reconocen sus enmiendas, y que además se esfuerzan por comprender sus puntos de vista, por clarificar sus errores, y sobre todo, por no reproducir sus equivocaciones con el argumento de combatirlas. Las obsesiones tanto de los vencedores, como de los vencidos son siempre malas compañeras de viaje. Son como nubarrones que viene y van, según sople el viento, provocando inundaciones y desgracias a su paso. Prefiero la moderación, la generosidad si eres el vencedor. Me gusta el sirimiri suave que riegue y fructifique los campos;que devuelva el frescor y la esperanza. Los rayos, relámpagos y truenos, las tormentas extremas, o las intransigencias son fuegos de artificio, nunca argumentos. La obsesión por humillar al rival, por denigrarlo, demuestra debilidad, flaqueza y seguramente la miseria moral que esconden siempre las guerras.