Reflejos del alma

Viernes, 21 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:13h.

la mejor aportación de John Wick: Pacto de sangreconsiste en que, gracias a esta segunda entrega, muchas personas recuperarán la primera, un tenebroso y dolorido thriller rubricado con una puesta en escena realmente meritoria. En esta segunda cita, nuevamente protagonizada por Keanu Reeves y ahora dirigida por Chad Stahelski, esta vez en solitario, se rebaja buena parte de la tensión primigenia, de su crepuscular puesta en escena. En la configuración de John Wick en lugar de sangre por sus venas circulaba bilis negra, la savia de la melancolía, el vacío de quien pierde a su mujer víctima de un cáncer criminal y sobrelleva el dolor al tiempo que cumple, como una máquina robótica, su función de ejecutor.

Este Pacto de sangre tiene una obertura canónica, arquetípica del cine de acción del siglo XXI, una brillantez formal y una carga destructiva al estilo de los Bourne, Bond y demás agentes secretos. Pero Wick no es un funcionario de la ley y el poder político, sino un asesino del crimen organizado y el contrapoder de la mafia. Un monstruo, un hombre del saco, un sandman que desea jubilarse, pero al que los pactos antiguos y las luchas internas le vuelven a colocar en la primera línea de combate. Un combate que el guion de Derek Kolstad ha escrito con el manual del nuevo guionista de Hollywood como libro de cabecera. Todo conlleva una cita, todo hace referencia a algo anterior, todo provoca una sensación de déjà vu que forja su personalidad en la acumulación de referencias previas.

Aunque parece indiscutible que Stahelski no supera el modelo de partida, resulta más resbaladizo significar que John Wick se limita solo a explotar una película que tuvo buenas críticas y mediocres ventas de entradas en el cine. En otros soportes probablemente John Wick afianzará la carrera errática de un Keanu Reeves que ha conocido mejores tiempos para su carrera profesional.

Stahelski (quien codirigió junto a David Leitch la primera aventura de Wick), articula la cinta en tres cuerpos. El primero se centra en la recuperación del personaje y en una exhibición brutal con persecuciones de coches y peleas callejeras. Luego, tras los créditos y el título, Wick debe afrontar la nueva tarea forzado por la demanda, arrastrado por una imposición de muerte y venganza. La parte central, el cuerpo sobre el que Wick centra su despliegue de recursos, acontece en Roma. Allí, en el escenario en el que Sorrentino filmó La gran belleza, Stahelski suelta a John Wick como un ángel mortífero que siembra la destrucción en medio de palacios milenarios y estatuas romanas.

La conclusión, regresa a Nueva York para establecer la traca final de su castillo de fuegos artificiales en medio de un museo de arte contemporáneo presidido por una pieza llamada Reflejos del alma. De almas, de sentimientos transcendentales, aquí mejor no hablar, pero de coreografías y guiños, la cosa está muy bien servida. Desde ese tramo final que, a golpes de espejos enfrentados, desafía la capacidad para percibir la verdad del ojo humano abrochada al final de la dama de Shanghái de Orson Welles, al evidente subrayado de reunir otra vez, aunque sea de manera fugaz, a Keanu Reeves con Laurence Fishburne en recuerdo y memoria de Matrix.

El cruce entre ambos actores, evoca y provoca alguna sonrisa, pero evita todo deseo de complejidad argumental. Por el contrario, la virtud principal de Wick reside en que no hay recovecos ni justificaciones. Hueso y nada más que masa ósea para sostener a un asesino devenido en justiciero, feroz combatiente en un mundo de sombras. Solo sombras del imperio decadente de un mundo cuyas fronteras no conocen límites: rusos, italianos, norteamericanos... la hermandad se nutre de sangre y, al frente, su particular Calígula provoca una hecatombe criminal.