Ese mundo nuestro

El tiro por la culata

Por Valentí Popescu - Lunes, 17 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:11h.

La tensión catarí-saudita es una de esas crisis en las que es mucho más difícil descubrir las auténticas causas que sus probables consecuencias. Y es que estas serán -si la crisis no se resuelve pronto- una alianza del emirato con la república teocrática del Irán;es decir, todo lo contrario de lo que pretenden los dirigentes sauditas. En este caso -como en casi toda la historia del mundo árabe- los problemas resultan intrincados y confusos porque los conflictos políticos están íntimamente ligados, cuando no subordinados, a factores personales como el amor propio, el orgullo o un concepto tribal de preeminencia. Y la historia de las fricciones saudita-cataríes es larga y está plagada de personalismos al margen de un contexto histórico complicado: la dinastía reinante en Catar es de origen árabe y fe suní, pero la población es de creencia chiita y mentalidad persa. Lo primero genera en Riad unas pretensiones que los emires cataríes no aceptan y, lo segundo, obliga a los emires a un complicado malabarismo político que Riad rechaza de plano.

La historia reciente revela cuán amargas han sido las relaciones entre Riad y el emirato: en 1935, Arabia reclamó una franja de la costa sudeste catarí que Doha acabó concediendo en 1965;en 1992 y 1993 beduinos sauditas atacaron guarniciones fronterizas cataríes en tanto que el emirato boicoteó la “cumbre” del Consejo de Cooperación el Golfo Pérsico, un ente supranacional a través del que Riad quiere promover sus intereses políticos y económicos en el Golfo Pérsico e influir en el mercado mundial del petróleo. Incluso hoy Catar rechaza los planes saudí y de los Emiratos Árabes Unidos de crear una comunidad económica y militar de los países orientales del Golfo Pérsico.

La actual inestabilidad del mundo islámico y la endeblez de la demanda mundial de crudo han incrementado las diferencias entre Doha y Riad. El emirato ha optado por una indefinición política en todos los conflictos, lo que no solo se presta a confundir su política de “dinero por paz” con una financiación sistemática del terrorismo fundamentalista, sino que le lleva en última instancia a ningunear las iniciativas saudíes de imponer una hegemonía sunita en todo el mundo musulmán.

Para colmo, la opción catarí es casi antagónica al programa árabe de modernización e industrialización del reino de los Saud. Esa discrepancia genera conflictos en los mercados petrolero y de capitales, pero sobre todo terminará por desacreditar en última instancia la fórmula que vaya a fracasar. Y con la fórmula, a los gobernantes que la adoptaron. En este marco, la dureza con que Riad y Abu Dhabi han planteado su ultimato a Doha, perjudicará ligeramente a Catar, pero no le obligará a claudicar dadas sus enormes reservas financieras y su importancia en el mercado de hidrocarburos. La respuesta más rápida y lógica de Doha a un acoso de sus vecinos será reorientar y reorganizar su política exterior y su economía con nuevos socios: Irán y Turquía, dos rivales históricos de Arabia. Y esto es exactamente todo lo contrario de lo que pretende Riad.