El beaterio

¡Illarramendi, mon amour!

Por Iñaki de Mujika - Lunes, 11 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h.

Marguerite Duras fue una fallecida novelista que escribió muchos libros. Entre ellos El amante, un texto que he repasado varias veces porque impacta. Dicen que no es su mejor trabajo, pero leyéndolo de vacaciones en una playa, bajo una sombrilla, sentí que aquellas páginas de mensajes y experiencias merecían la pena. Busqué en la biografía partes del relato vital que me faltaban y encontré una película de cine cuyo guión había escrito ella misma anteriormente. El título de la obra: Hiroshima, mon amour.

La curiosidad me llevó a descubrir un film en tiempos bélicos. Hablamos de la historia de una actriz francesa que se encuentra en Hiroshima rodando. Pasa la noche con un japonés, cuya presencia y estilo le recuerdan al primer amor de su vida. Era alemán. En un principio se pretendió un documental sobre la bomba, pero terminó en varios rollos de celuloide. Con la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo, se escribe una historia y se desarrolla con este título que contrapone puntos. El dolor y el amor, compañeros de viaje.

Por esas cosas que la memoria trae a colación muchas veces, mientras volvía a casa después de la mañana de marras que nos dieron las coincidencias deportivas, vino a la cabeza la película, el título, la escritora e Illarramendi. Todo junto. Asier, ese chico rubio de Mutriku que sigue siendo santo y seña del actual proyecto txuri-urdin, ofreció otra actuación envidiable. Tanto, que nunca jamás marcó dos goles en un partido desde que es profesional. Le entrevistaron al concluir la contienda mientras dibujaba una sonrisa sin disimulo. Seguro que si aquella actriz gala (Emmanuelle Riva) le conociera, quedaría prendada por sus encantos. ¡Mon amour, qué partido!

La Real de hoy es un equipo eficaz con una pegada descomunal. Lleva en tres partidos un carretón de goles y podían ser más. El juego ofensivo es una locura y por ahora le vale para sentenciar los partidos. Cierto es que en Balaídos la fortuna se alió con nosotros y ayer también, porque cuando peor pintaba todo, con dos centrales lesionados y entre linimentos, apareció el centro de Xabi Prieto y el remate de Diego Llorente que casualmente andaba por allí para aliviar las penas y despejar el cielo de nubarrones aunque estuviera luciendo el sol en Riazor.

Pintaba raro todo desde el principio. Dos goles en cuatro minutos son inhabituales y maravillosos si los gestionas bien y terminas por matar al rival, pero la Real se perdía en la zona ancha sin terminar de imponer su ley con el balón por testigo. De dominar pasó a dominado. De disponer una ventaja formidable, se encontró con los gallegos tocando la gaita tras el imponente gol de Adrián con todo un tiempo por delante y la sensación de que el encuentro podía revolcar la tendencia del marcador.

Pepe Mel, ese entrenador que pudo estar aquí en su día, se había esmerado en destacar el juego de la Real y sus valores en las declaraciones previas al partido. No discuto su opinión, pero es cierto que eso forma parte de una estrategia que cuenta con fusilería y armamento suficiente para derribar las líneas enemigas. Al poco de iniciarse el segundo tiempo, sacó de la trinchera a la perla Lucas Pérez, muy querido por su gente y galvanizador de cualquier reacción positiva. Dicho y hecho. Apenas habían pasado cinco minutos, Andone se encontró solo ante Rulli y mandó el balón al fondo del portal. Empate a dos tantos y estrecho el gaznate de los realistas. Perdimos la posesión, el control del juego, el ritmo y comenzamos a pasar apuros. Esa fue mi sensación. Sucedió después que se nos estropearon los dos centrales. Jugando con diez abrimos la manguera del jardín y nos pusimos a regar a lo bestia. Cuando menos lo esperábamos, llegó el tercero.

A modo de sándwich se repitió el principio. Dos tantos en tres minutos. Esta vez para sentenciar. Sale Illarra desde atrás, dribla futbolistas y conos de entrenamiento mientras avanza. Arma la pierna izquierda y calza un disparo ajustado al poste izquierdo de la meta defendida por Tyton. En un santiamén (2-4). Me pellizqué dos veces para ver si era verdad. Volvió Elustondo al césped, saltó Iñigo a abrazarse con la compañía y se fueron al vestuario con tres puntos que son nueve desde el inicio y que nos deben ayudar a seguir haciendo camino, porque lo que viene en el horizonte inmediato es largo y tortuoso.

Al presidente del rival del próximo domingo le gusta hablar de árbitros. A mí, también. El que nos tocó en suerte es muy buen chico. Forma parte de proyectos solidarios en la ciudad en la que vive y es internacional, pero ayer se equivocó desde el principio. Por su culpa y la de sus asistentes. Nos desquició bastante y eso no es una buena noticia para lo que nos viene. No podemos, ni debemos, entrar en esas disputas porque solo acarrean disgustos.

No quisiera terminar sin referirme a las regatas de La Concha. Lo de ayer fue todo un ejercicio de compromiso por parte de los remeros y las remeras. Lucharon contra todo tipo de inclemencias en un escenario de riesgo. Mérito el de todos que se dejaron la piel defendiendo los colores como solo ellos saben hacerlo. El orgullo de pertenecer y defender una trainera no hay ola, ni viento, ni marejada que pueda con ello. Solo queda descubrirse ante el ejemplo.