Colaboración

Corona en apuros

Por Koldo Aldai - Lunes, 11 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h.

Ya en palacio el monarca resoplaría con alivio. Había que tener valor para recorrer esas largas, concurridas e incómodas avenidas, para mantenerse firme e inalterable durante todo el trayecto a pesar de los abucheos, fuertes pitadas y gritos de agravio. Él lo tuvo. Había acudido a sumar su corazón al dolor popular, a sumar su voluntad a la firmeza ciudadana y sin embargo el “Fora, fora” se hizo por momentos atronador.

Seguramente no era el momento ni las circunstancias adecuadas para expresiones de esa índole. La repulsa al terror y la imagen de unidad frente a la barbarie eran urgentes y nítidos objetivos que no dejaban espacio a manifestaciones colaterales, de otro orden. Sin embargo, las calles de Barcelona fueron expresión de un fuerte rechazo a la corona.

Prima ir al mundo de las causas para analizar estas consecuencias. Analizar no es justificar, analizar es imprescindible ejercicio para intentar comprender un larvado conflicto que se vio claramente reflejado en las avenidas de la Ciudad Condal. ¿Si verdaderamente hubo encerrona, si hubo agravio, por qué se produjeron? ¿Qué causas habían precedido para que ese rey no se paseara en aplauso y fervor de multitudes? ¿Qué podemos hacer para que la brecha entre la corona y los desafectos disminuya? ¿Qué podemos hacer para promover un acercamiento entre esa parte crítica de la población catalana y las máximas instituciones españolas?

El “Fora, fora” sonoro que sufrieron el rey y el presidente del Gobierno puede ser indicador de que hay cosas que no se han hecho debidamente. Tras años de acoso y derribo a nivel mediático, político y judicial, el independentismo vio en el asfalto abarrotado un terreno ventajoso;en las avenidas de la ciudad enlutada, su espacio idóneo para el desquite y resarcimiento, para su afirmación contundente y mediática. Si la prolongada y constante demonización de una legítima aspiración política no se hubiera producido, si las urnas no hubieran sido denostadas, si los líderes que han promovido democrática consulta no hubieran sido llevados a banquillo… es probable que el “Fora, fora”, los abucheos y pitadas habrían mermado o incluso apagado. Todo se comenzó a estropear cuando los tribunales del Estado dieron una y otra vez portazo a las razonables propuestas de un parlamento catalán soberano. Desde entonces, Madrid no ha acertado, ha ido sumando torpezas y faltas de debida consideración al Parlament. La inercia de una arraigada cultura centralista ha dificultado la comprensión de que la necesaria unión de los pueblos de España solo es posible construirla desde la más absoluta libertad, jamás desde la imposición.

Por lo demás, la República no es mera nostalgia, sino igualmente legítima aspiración que busca por donde puede su expresión. La corona unifica a la inmensa mayoría de los españoles, goza de importante popularidad, pero no hay que olvidar que, a día de hoy, hay amplios sectores que no se sienten representados por ella. La corona tiene con Felipe VI otra faz más moderna, más cabal e instruida, pero la historia sigue ahí latente, interpelante. Para muchos no es sencillo olvidar aquel fatídico 18 de julio, cuando las armas de privilegiados y poderosos tumbaron una República legalmente instaurada. La Constitución del 78 sí brindó un mayoritario apoyo popular a la monarquía y esta ejerce un innegable poder de cohesión de la población y las instituciones, pero ello no evita una desafección considerable, sobre todo en Catalunya y el País Vasco. Estos sectores no ven con simpatía esta máxima institución que no rompió oficialmente con el franquismo. Unos y otros merecen respeto y consideración, por supuesto, un monarca que goza de incuestionable afecto en la mayoría de las comunidades, pero también quienes, sobre todo en las geografías señaladas, quieren ahondar en democracia y no desean tutelajes.

Por último, el flujo comercial de armas españolas hacia Arabia Saudí no ha ayudado precisamente a que la estridencia se acallara, a que los severos y reivindicativos decibelios mermaran y las aguas se serenaran. Esbozadas muy precariamente unas posibles causas del “Fora, fora…” las preguntas se vuelven a imponer: ¿Cómo rehacer la fractura? ¿Cómo obrar para que esos hechos no se repitan…? Diálogo, siempre diálogo hasta la extenuación, diálogo en los despachos, en las cámaras de representación, entre los gobiernos... También libre expresión en las temidas urnas. Que Madrid pierda su terror a unas urnas instaladas con garantías, que la democracia se entronice con todas sus consecuencias.

Solo generosidad, comprensión del adversario y altura de miras por ambas partes confrontadas puede sacarnos del actual callejón sin aparente salida. Solo un progreso en la cultura descentralizadora y democratizadora, solo una libre expresión de los catalanes sobre su destino logrará restañar las heridas, permitirá un día volver a andar el camino imprescindible e inexcusable hacia la unidad en la pluralidad, ahora desandado.


Analista