Tribuna abierta

La robotización de las relaciones laborales, una realidad a la que adaptarnos

Por F. Javier Arrieta Idiakez - Lunes, 11 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h.

El Big Data, la Smart Data, la inteligencia artificial, el internet de las cosas, las impresoras 3D, los vehículos autónomos y, en general, la disrupción digital están mutando la configuración y dinámica del mercado laboral. Se está consiguiendo automatizar tareas que hasta hace bien poco necesariamente debían realizarse por seres humanos. Ello explica que se esté pasando del outsourcing o descentralización productiva al botsourcing o utilización de robots para sustituir la mano de obra humana.

Obviamente, ello conlleva riesgos, retos y oportunidades que debemos afrontar para no quedarnos atrás. No queda otra. La vida es evolución. Es verdad que la historia nos demuestra que todo cambio o transformación crea miedo en parte de la sociedad. Pero no podemos perder la confianza, la ilusión de seguir hacia adelante, adaptándonos para mejorar. Porque no nos hunden las dificultades de la vida, sino nuestros miedos y nuestras dudas. En efecto, el miedo al progreso puede producir aletargamiento. O incluso reacción en sentido negativo, obviándolo o combatiéndolo. Pero dicha reacción es siempre en balde porque el progreso nunca se detiene. Así lo demuestra la historia. Durante la primera revolución industrial, al entender que las máquinas destruían empleo y causaban accidentes de trabajo, una reacción espontánea consistió en la destrucción de las máquinas. Se trataba del movimiento luddista, en honor a su impulsor, el británico Ned Ludd, quien en 1779 destruyó un telar mecánico. Sin embargo, la clase obrera británica no tardó en percatarse de que el problema no estaba en las máquinas, sino en el uso que se hacía de las mismas.

Con la robotización de las relaciones laborales la historia vuelve a repetirse. En 1817, el economista británico David Ricado, en su obra On the principles of political economy and taxation predijo que la sustitución de los humanos por las máquinas resultaría perjudicial para los intereses de la clase obrera. En concreto, preveía una disminución de la demanda de mano de obra y una población sobredimensionada. Pero, al mismo tiempo, confiaba en superar la inicial situación de angustia y pobreza de las clases sociales. Pese a la introducción del maquinismo, consideraba que un aumento de capital podría suponer emplear a más trabajadores. Es más, en su opinión, aumentando la producción en forma de producto neto, hasta el nivel que anteriormente a la introducción del maquinismo presentaba el producto bruto, se crearía la capacidad de emplear a toda la población. Sus principales antídotos eran el juego entre la reducción de los precios en los artículos de consumo y el incremento de la demanda junto al estímulo del ahorro. Pero también es sabido que todo periodo de transición es arduo y que son muchos los que, en el camino, pueden padecer la más tremenda de las miserias y exclusiones sociales. No es casualidad que fuera en el Reino Unido donde se regulara por vez primera el seguro obligatorio de paro mediante la Ley de 16 de diciembre de 1911.

Por su parte, el también economista británico Jonh Maynard Keynes acuño, en 1930, en su ensayo Economic Possibilities for our Grandchildren, el término de desempleo tecnológico para referirse al desempleo producido como consecuencia del descubrimiento de medios de producción más económicos que la utilización de mano de obra. Pero sostuvo que se trataba solo de una fase de desajuste temporal y que los estándares de calidad de vida aumentarían como nunca, en virtud del mayor progreso.

En nuestros tiempos se está investigando y escribiendo mucho sobre la temática. En principio, las previsiones pueden resultar alarmantes e incluso apocalípticas. Por ejemplo, el estudio The future of employment: How susceptible are jobs to computerisation?, publicado en 2013 por los profesores de la Universidad de Oxford Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne, concluye que la computarización y la robótica no solo afectan a los trabajos rutinarios sino que comienzan a poner en peligro trabajos no rutinarios. Analizan 702 ocupaciones con el objetivo de identificar los trabajos en riesgo. Y resulta escalofriante el dato aportado de que, durante las dos próximas décadas, en EEUU, el 47% de los empleos presentará una situación de alto riesgo de ser computarizado o robotizado.

Asimismo, son abundantes las noticas sobre la materia. Sabemos que Amazon ya cuenta con la primera tienda física sin cajas para pagar. Es más, con tendencias como la apuntada, es posible que, como ya sugirieron Marshall McLuhan y Barrington Nevitt, en 1972, en su libroTake today: the executive as dropout, el consumidor pueda llegar a ser un productor al mismo tiempo. Se trata de la figura del prosumidor, término acuñado por Alvin Toffler, en 1980, en su libro The Third Wave. Y aún hay más. La aseguradora japonesa Fukoku Mutual Life ha reemplazado a 34 empleados de oficinas por un sistema de inteligencia artificial basado en el IBM Watson Explorer, capaz de calcular los pagos a los asegurados;la multinacional de tecnología Foxconn ha reemplazado a 60.000 trabajadores por robots;la agencia McCann Japan ha optado por atribuir la función de director creativo a un robot. Y la revolución ha llegado hasta Hollywood, donde las imágenes generadas por computadoras ya sustituyen a autores de carne y hueso, como, por ejemplo, en los personajes Grand Moff Tarkin y la princesa Leia, enRogue One: a Star Wars Story.

Por su parte, la Estrategia 2020 de la Unión Europea para la robótica se muestra optimista, al señalar que la robótica tiene el potencial necesario para transformar las vidas y las prácticas laborales, para elevar los niveles de eficiencia y de seguridad, para ofrecer mejores servicios y para crear empleo. La OCDE también es bastante optimista al entender que el proceso de sustitución de las personas por los robots será lento, de forma y manera que los trabajadores podrán adaptarse, siempre y cuando se aborden adecuadamente las correspondientes cuestiones económicas, jurídicas, éticas y sociales. Mientras tanto, el presidente del CES español, Marcos Peña, acaba de afirmar que el mercado laboral está exhausto de tanta reforma y ha instado a gobierno, patronal y sindicatos a centrarse en otros temas como la industrialización, la salud, la educación o las pensiones, con mención especial a la robotización y la digitalización. En todo caso, algunas propuestas para paliar el supuesto desempleo tecnológico que generará la robotización, como las consistentes en cargar con más impuestos la utilización de los robots, el instaurar la cotización a la Seguridad Social por los robots o la creación de una renta básica universal parecen erigirse en formas sutiles de un nuevo luddismo. La solución no pasa por desincentivar y frenar el avance tecnológico o por generar nuevas capas marginadas en la sociedad. Muy al contrario, una mayor inversión en alta tecnología supone ser más competitivos y evitar deslocalizaciones que buscan mano de obra más barata pero también menos cualificada. Claro está, para ello se requiere un sistema educativo sólido y encaminado a satisfacer las necesidades de la nueva sociedad. Igualmente, es importante mejorar las políticas de empleo activas y gestionar mejor la Seguridad Social, para que cumpla su función de sustituir a las rentas de trabajo dejadas de percibir ante las contingencias protegidas. Por la vía del fomento de la economía social también puede resultar interesante que los trabajadores participen en la propiedad de los robots.

Además, los problemas de privacidad, seguridad y responsabilidad han puesto en la agenda de las instituciones europeas el reto de afrontar la regulación de una personalidad jurídica específica para los robots, con sus derechos y obligaciones.

En suma, cuanto más tarde se afronte el progreso y se consiga adaptarse al mismo resultará mucho peor, porque ello supondrá que otros irán por delante. Se generarán entonces situaciones de desventaja y polarización innecesarias. Siempre es más fácil avanzar juntos. Avancemos pues.