Desde la Avenida de Tolosa

Las alas de Lorena

Por Adolfo Roldán - Martes, 12 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h.

al enterarme del asesinato de la fisioterapeuta Lorena Enebral Pérez, de 38 años, en Mazar-e-Sharif, al norte de Afganistán, no he podido contener la pena. Su verdugo era un hombre con discapacidad, que ocultaba su revólver en la silla de ruedas, al que un día sí y otro también ella le regalaba sonrisas y le animaba a vivir y a preservar la esperanza. Me he apenado por todos nosotros, porque desde ayer este mundo es peor, más perverso, más cruel, menos solidario. Porque desde que ha muerto Lorena, este mundo ha perdido un trozo de corazón, una porción enorme de alegría, un chorro fresco de su generosidad. He tenido pena también por mí. Porque, de pronto, me he sentido atrapado en el poema ‘Miércoles de ceniza’de T. S. Eliot. He descubierto que soy la vieja ave que ya no sabe desplegar sus alas. “Porque estas alas (mías) ya no son alas para volar/ sino meramente aspas para batir el aire...” He descubierto que mis sueños de juventud jamás se hicieron realidad. No fui capaz de renunciar a mis rutinas y perderme en desiertos áridos, cavar en sus dunas, y sembrar semillas de un futuro más cabal, más igualitario, y mucho más justo. Ella, Lorena, con 38 años, era un águila que surcaba el aire, venciendo el espacio y el tiempo. Para ella no había fronteras, ni hipotecas, ni cuentas corrientes, ni intereses. Sus dedos no se estiraban en busca de dinero, eran como sarmientos que se alargaban para abrazar a los desfavorecidos, a los sedientos, a los que se retorcían de dolor. Prefirió el tercer, el cuarto y hasta el quinto mundo, a la prosperidad de una Europa cada vez menos solidaria. En mayo 2016 llegó a Afganistán y ya no pudo marchar, ni el peligro consiguió hacerla huir. “Lorena, con toda su energía y alegría, era el corazón de nuestra oficina en Mazar. Hoy estamos devastados”, dijo ayer Mónica Zanarelli, compañera de Cruz Roja. Por último, he sentido pena por su verdugo, el sayón que la abatió. Seguramente tiene una enfermedad incurable, de esas que nos inoculamos los propios hombres, como el odio, el fanatismo o la locura.