Colaboración

Trump y Kim Jong-un, ¿los nuevos cisnes negros?

Por Germán Gorraiz López - Miércoles, 13 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h.

La teoría fue desarrollada por Nicholas Taleb en su libro El Cisne Negro (2010), en el que intenta explicar “los sesgos psicológicos que hacen a las personas individual y colectivamente ciegas a la incertidumbre e inconscientes al rol masivo del suceso extraño en los asuntos históricos”. Tendría su plasmación en la famosa frase del iconoclasta John Kenneth Galbraiht: “Hay dos clases de economistas: los que no tenemos ni idea y los que no saben ni eso”. Trasladado a sistemas complejos como la Bolsa de Valores, tendría como efecto colateral la imposibilidad de detectar con antelación un futuro mediato pues los modelos cuánticos que utilizan serían tan solo simulaciones basadas en modelos precedentes (Teoría de la Inestabilidad financiera de Minsky), con lo que la inclusión de tan solo una variable incorrecta o la repentina aparición de una variable imprevista (léase crisis de Corea del Norte) provoca que el margen de error se amplifique, de lo que sería paradigma el próximo estallido de la actual burbuja bursátil, cumpliéndose una vez más la máxima de Keynes: “Los mercados pueden permanecer irracionales más tiempo del que tú puedes permanecer solvente”.

La burbuja actual sería hija de la euforia de Wall Street (y por extrapolación del resto de bolsas mundiales) tras las políticas monetarias de los grandes bancos centrales que han inundado los mercados con centenares de miles de millones con la esperanza de relanzar la economía, más aún cuando las colocaciones sin riesgo (deuda de EEUU o Alemania) no retribuían nada a los inversionistas. Estaría alimentada por los siguientes factores: La desconexión con la realidad por parte de los inversores les llevaría a justificar la exuberancia irracional de los mercados, creándose un mundo virtual de especulación financiera que nada tendría que ver con la economía real (windhandel o negocio del aire) y que les lleva a extrapolar las rentabilidades actuales como un derecho vitalicio, lo que unido a la pérdida de credibilidad de las agencias de calificación al no haber predicho la crisis del 2002 y a la ausencia de control por parte de los reguladores habría coadyuvado a que el mercado permaneciera insensible al recorte de rating de las compañías que cotizan en la bolsa y a los avisos de la Fed de que “las valoraciones de las bolsas y los mercados de bonos son muy altas y que existen riesgos potenciales en ambos mercados”. Así, la certeza racional de la total retirada por la Fed de sus medidas de estímulo a la economía estadounidense y de las sucesivas subidas de tipos de interés que se avecinan en 2018, deberían hacer que los inversionistas se vayan distanciado progresivamente de los activos de renta variable y que los bajistas se alzaran con el timón de la nave bursátil mundial. Sin embargo, el proceso especulativo impulsa a comprar con la esperanza de sustanciosas ganancias en el futuro, lo que provoca una espiral alcista alejada de toda base factual y el precio del activo llega a alcanzar niveles estratosféricos hasta que la burbuja acaba estallando (crash) debido a la venta masiva de activos y la ausencia de compradores, lo que provoca una caída repentina y brusca de los precios hasta límites inferiores a su nivel natural (crack).

Los inversores de EEUU estaban instalados en la euforia tras superar el techo ionosférico de los 22.000 puntos en el Dow Jones, (rememorando el boom bursátil de los años 20, preludio del crack bursátil de 1929), por lo que son incapaces de percibir el vértigo de la altura pero la sombra del impeachment que planea sobre Donald Trump y la crisis con Corea del Norte habría provocado que sientan por primera vez el mal de la altura que les llevará a reducir su exposición al riesgo con el consecuente efecto bajista en las cotizaciones de las acciones. Además, la inflación en EEUU acelerará las próximas subida de tipos de interés del dólar en el 2018, haciendo que los inversionistas se distancien de los activos de renta variable, derivando en una psicosis vendedora que terminará por desencadenar el estallido de la actual burbuja bursátil, que tendrá como efectos colaterales la consiguiente inanición financiera de las empresas, la subsiguiente devaluación de las monedas de incontables países para incrementar sus exportaciones y como efectos benéficos el obligar a las compañías a redefinir estrategias, ajustar estructuras, restaurar sus finanzas y restablecer su crédito ante el mercado. Como daños colaterales, la ruina de millones de pequeños inversores todavía deslumbrados por las luces de la estratosfera, la inanición financiera de las empresas y el consecuente efecto dominó en la declaración de quiebras.