'Licht'

‘Licht’, o hacer menos a quien es más

La película austríaca narra la historia de Mademoiselle Paradis, pianista ciega que vivió en el siglo XVIII

Alex Zubiria - Martes, 26 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h.

donostia- La filosofía vienesa que se respira en Licht la explicaba con un chiste uno de los actores del filme, Lukas Miko, durante la rueda de prensa: “En París, un pintor hace un cuadro precioso, otro pintor lo ve y, como le gusta tanto, hace otro mejor. En Viena, un pintor hace un cuadro precioso, otro pintor lo ve y, como le gusta, tanto lo quema por envidia”. Ahí radica el eje en el que se mueve la película que la directora austríaca Barbara Albert presentó ayer en el Zinemaldia. La mentalidad de hacer menos a la gente en una historia sobre personas que enseñan a ver la belleza -los parisinos del chiste- y otras que prefieren solamente escucharla -los vieneses-.

Maria Theresia Paradis, Mademoiselle Paradis, es una niña prodigio con el piano en la Viena de 1777. Pero tiene un defecto que sus padres no pueden soportar: es ciega. Hartos de que la gente se ría de ella, la envían a la finca del polémico Franz Anton Mesmer, una especie de curandero, con el objetivo de que le devuelva la vista. Será entonces cuando llegue el gran dilema. Ver pero perder el don para el piano, o ser ciega y seguir con él.

“Ella prefirió ser famosa y virtuosa antes que una desconocida que veía”, comentaba Albert sobre la protagonista, una figura histórica real. “Se trata de un personaje que me interesa mucho. En Viena tiene una calle pero nadie conoce su historia y quería contarla”, añadió.

La película avanza acompañada por la melodía al piano de Paradis, entre los que quieren que recupere la vista como Mesmer -quizás solo para su propio prestigio- y los que prefieren que triunfe y sea ciega -sus propios padres-. De este modo, la protagonista queda atrapada entre dos mundos: la de los que le dicen que la belleza se aprecia de una manera y la de los que le dicen que se observa de otro modo.

“Ella cerró los ojos ante el mundo que le daban y que dividía su personalidad”, contó la directora, quien pensó en trabajar con una invidente hasta que conoció a Maria Dragus. “Tuve dos años para preparar el papel, hablé con muchas personas ciegas y estudié su mirada y sus movimientos”, aseguró la intérprete, para quien el 90% de una interpretación se da en antes del rodaje, “mientras que solo el 10% restante se produce a la hora de actuar”.

ficción basada en la realidadTodos los actores aprendieron a bailar, vestir y andar como personajes del siglo XVIII. En todo momento, y a pesar de estar en una ficción, se pretendió conseguir el máximo realismo posible con la época.

Un trabajo mucho más sencillo de cumplir gracias a la labor que realizó la guionista del filme, Kathrin Resetarits. “Le mandé el guion a un historiador para que me corrigiera cualquier error y no lo encontró. No tuvimos que cambiar ninguna línea del texto”, explicó Albert.

“Mesner se escribió a sí mismo y describió perfectamente el caso de Paradis, por lo que el proceso de documentación fue sencillo”, comentó al respecto la guionista. “Lo complicado fue encontrar un propósito”, añadió, “hasta que pusimos a Paradis en el centro de varios personajes pero con un corazón propio”.

Es en la mansión donde aparecen en mayor medida estos personajes. Personas también apartadas de la sociedad por sus diferentes problemas, como si ferias de circo se trataran, y que no tienen lugar en la belleza establecida a la época.

A pesar de ello, la historia que se narra es familiar. “El núcleo se encuentra en la relación entre los padres y la hija, por lo que determinada época o personajes no fue un problema a la hora de captar la esencia”, observó al respecto Miko.

“En Austria a veces le damos la patada a alguien por debajo, para que no se note, y luego en público no le decimos nada”, añadió el actor, volviendo a la referencia del mencionado chiste. “Es esa dualidad la que queríamos transmitir con el filme”, corroboró la directora.

La ceguera de la protagonista es un símil con la mentalidad de la sociedad vienesa de la época. Una lectura que, como confesaba el equipo de la producción, trataba de hacer menos a quien era más por el beneficio propio. Y el ejemplo más evidente de ello es precisamente Mademoiselle Paradis.