“Le dije adiós a mi viejo corazón y le di la bienvenida al nuevo”

Han recibido un regalo que no tiene precio. Estos dos guipuzcoanos han visto la muerte de cerca pero vuelven a sonreír de nuevo tras la intervención. “Queremos animar a la donación de órganos”

Jorge Napal Ruben Plaza - Viernes, 29 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h.

donostia- “Somos unos afortunados. ¿Quién tiene la posibilidad de vivir dos veces?”. Ana Luisa Argomaniz mira a Félix Zeberio, le coloca la mano sobre el hombro y sonríe. Acaba de lanzar al aire una pregunta de la que no espera respuesta. No se conocían. Es la primera vez que se ven, pero parecen entenderse de inmediato gracias a ese código interno de quienes han vuelto a la vida con el corazón zurcido. “Desde que recibí el trasplante siento que pertenezco a una familia universal. No sé quien lo donó;ha podido ser cualquier persona, y eso es algo que me hace vivir en comunión con todo el mundo. Le dije adiós a mi viejo corazón y le di la bienvenida al nuevo. Me han hecho un regalo que no tiene precio”.

Argomaniz acude a la cita portando un casco de moto y unas gafas negras. Sonríe a los cuatro vientos, reconciliada consigo misma. Ofrece una imagen jovial que desmiente su edad.

El testimonio de esta mujer de 67 años cobra fuerza en una jornada como hoy, Día Mundial del Corazón, en la que los sanitarios no se cansan de advertir que llevar una alimentación sana y practicar ejercicio con regularidad es la única manera de frenar las enfermedades cardiovasculares como primera causa de muerte en el mundo.

Esta donostiarra, en realidad, ha tratado de predicar con el ejemplo, aunque las cosas no siempre salen como uno quisiera. Empleada en Kutxa durante toda su vida laboral -“demasiadas horas sentada”-, compaginaba un trabajo sedentario con el cuidado de sus tres hijos pequeños. “Era un estrés continuo”, rememora.

Aunque apenas había tiempo para practicar ejercicio, siempre hacía el esfuerzo para salir a correr un poco antes de ir a la oficina. “Así discurría mi vida, así pasaron los años, hasta que dos de mis hijos fallecieron de muerte súbita. Aquello fue tremendo. Nos dijeron que probablemente fue debido a la medicación que había tomado para evitar hemorragias durante el embarazo”.

La mujer detiene por unos segundos su relato y respira hondo. “A partir de ahí sí que mi corazón se fue con ellos”.

El golpe fue tremendo, pero no le paralizó. “Me apunté a un gimnasio y también hice el Camino de Santiago, que tanto ayuda a poner los pies en la tierra cuando el alma está dispersa”.

A pesar de su corage, su corazón se había quedado tocado y empezó a dar muestras de debilidad. “Iba cumpliendo años, había trabajado mucho, y la pena por lo ocurrido con mis hijos era... No sé cómo expresarlo. Yo creo que todo ello se juntó”.

Poco después le diagnosticaron una miocardiopatía dilatada. Su corazón era tan grande como su pena. No había vuelta atrás, había que cambiarlo.

Le tuvieron que adaptar un sincronizador mientras llegaba el trasplante. “En enero de 2015 pasé a la lista de espera en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla de Santander. Un día que volvía de dar un paseo con el perro sonó el móvil. Decían que fuera de inmediato, que tenían un corazón para mí”.

Le operaron ese mismo día. Su mente viaja a los pasillos del quirófano. Recuerda a mucha gente corriendo a su alrededor. “Pregunté si me permitían un último deseo, y me puse a cantar Gracias a la vida, de Joan Baez. Fue entonces cuando llegaron los sanitarios con la nevera, y confirmaron que el corazón era compatible. Me despedí del que me había acompañado toda la vida y le di la bienvenida al nuevo”.

arritmiasDespertó dos días más tarde en la UVI, y a las dos semanas se marchó a casa. Desde entonces no tiene más que palabras de gratitud, especialmente para sus cardiólogos de Donostia, “el doctor Eduardo Alegría y el doctor Patxi de la Cuesta, que me aconsejaron, animaron y apoyaron”. A día de hoy pasea, anda en bicicleta y sube a Urgull, con unas ganas renovadas por vivir, que comparte con Félix Zeberio, un ordiziarra de 58 años que se muestra feliz casi cuatro años después de su trasplante. “Yo me había empezado a cuidar ya en 1998, a raíz de un problema de arritmias que forzó mi ingreso en la UVI. Iba mucho al monte, hacía grandes distancias de catorce horas y lo tuve que dejar. También empecé a cuidar mi alimentación, pero todo se fue al traste en 2014, dando una vuelta, cuando me dieron dos arritmias de golpe. Casi no lo cuento. No podía andar ni cuatro metros. Me pusieron un desfibrilador, pero a partir de ahí todo fue cuesta abajo hasta el trasplante. No dormía. Me pasaba horas en el sofá, hasta que hubo que decidir: o bien me conectaban a una máquina para mantenerme con vida, o llegaba un corazón nuevo”.

El suyo no tardó en llegar. Vivió unos días aterrado en los que no se enteraba de nada. “Me pusieron el primero en la lista de espera de Valdecilla. Tenía mucho miedo. Me acuerdo cuando entré en la sala de operaciones temblando. No veía más que ojos a mi alrededor”. A los dos días despertó “con un montón de tubos”, y una semana después ya estaba en la calle.

Los dos han visto la muerte de cerca, y por eso se aferran tanto a lo que tienen. Félix reconoce que siempre ha sido consciente de que algo tenía que cambiar en su vida, y lo ocurrido ahora le ha permitido despertar definitivamente a esa realidad. “Siempre he vivido muy estresado. Hace falta tomarse las cosas de otra manera. Ahora el yoga y la meditación me ayudan a centrarme”, confiesa.

Argomaniz dice sentirse “más humilde”. “Todos los días doy las gracias por el corazón que he recibido. Nos gustaría animar a otras personas a que donen órganos, algo que nos ha salvado la vida”.